domingo, 10 de marzo de 2013

ET IMPLEVERUNT EAS USQUE AD SUMMUN


EL PRIMERO DE LOS SIGNOS DE JESÚS

Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino». Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía». Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga». Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y, como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento». Éste fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea.
Ioh 2, 1-11

Para conocer a Jesús más profundamente, es necesario que Él mismo se presente… y así lo hizo, en Caná de Galilea, en unas bodas. En una comunidad tan pequeña, no es de extrañarse que todos estuvieran invitados: María, Jesús y sus discípulos, seguramente con sus respectivas familias incluidas, pues todos eran de la región. Incluso, no dejo de pensar en la naturalidad de aquella ocasión, en la que todos compartían el pan, la sal y el vino, en la que Jesús era simplemente otro nazareno, el hijo de José, el carpintero.

Con esa misma naturalidad, el diálogo entre madre e hijo: : «No tienen vino». «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía». Me atrevo a imaginar que, en el momento en que María buscó a Jesús, algunos otros invitados y miembros de la familia, quizás hasta los novios, sabían que el vino que tenían no sería suficiente… y de la mala señal que esto era para la nueva familia. En la antigüedad, la abundancia de comida y vino en las bodas era signo de la abundancia de dones materiales y espirituales que se esperaban para los esposos, era el primero de los signos de la generosidad de Dios para con este amor entre dos.

Y esto era justamente lo que quería compartir María: abundancia, la certeza de que nada falta ni sobra, de que todo es perfecto en manos del Creador y que todo lo que ha venido de sus manos es también perfecto. Por eso, ella va al encuentro con Jesús, no pierde un segundo y pone manos a la obra, se lo pide a quien sabe que puede, que lo puede todo, al Mesías, que es también su hijo. Con la fe íntegra, sin fisura alguna por la que pueda filtrarse la duda, recurre a Jesús. Ella es Virgo fidelis, la Virgen fiel, la mujer de fe, la que siempre ha creído en lo que se le ha dicho de parte de Dios.

El diálogo humano entre madre e hijo es también el diálogo espiritual entre dos grandes almas, ambas ciertas de la abundancia, plenitud y generosidad del Amor en toda criatura, y quieren que se sepa; que los presentes se olviden de cualquier idea de carencia, porque es falsa.

El milagro lo hacen juntos, María y Jesús. El hijo da su lugar a la madre para que ella dé la primera instrucción: «Hagan todo lo que él les diga». Lo dijo a los sirvientes del banquete de aquel día, nos lo dice a ti y a mí ahora. De inmediato, Jesús, obediente en su condición de hijo de María, dice: «Llenen de agua estas tinajas». ¿Qué tinajas? ¡Seis grandes tinajas de cien litros cada una, utilizadas en los ritos de purificación! Por si eso no fuera suficiente, el Evangelio conserva que “et impleverunt eas usque ad summun”, es decir, que ¡“las llenaron hasta el borde”!

Sólo así podría haber ocurrido aquel milagro, el primero. María debía desempeñar su papel de intermediaria, de portadora, por eso la elogiamos diciéndole “Puerta del Cielo”, porque a través de ella nos adentramos en las sublimes verdades que enseña su hijo. Sólo así podría haber ocurrido aquel milagro, llenando las tinajas de barro hechas de tierra como nosotros, llenándolas de agua para purificar el interior, y llenándolas de agua hasta el borde sin dejar un espacio para nada más que no sea la purificación que nos viene del Cielo.

Siguiendo las palabras de Jesús, se llenaron con agua las tinajas de barro para la purificación hasta el borde. Nota que no falta ningún ingrediente. Está el barro, que es el cuerpo físico, pues cuenta el Génesis que de barro fuimos formados (Gn 2,7), y que tiene una función definida, un oficio, un papel que desempeñar en la purificación, no es el objeto de la purificación, sino necesario para ella. Está el agua, que limpia, purifica y vivifica, signo de la necesaria transformación, de que no podemos seguir como hasta ahora, de la urgencia de deshacernos de lo que nos estorba para ser felices y plenos, de que es vital retomar el camino para el que hemos venido.

Hay dos elementos más que quiero que veamos juntos y que suelen pasar desapercibidos. Observa que las tinajas no estaban llenas, sino que hubo que llenarlas. El trabajo de aquellos sirvientes del banquete, que no fue poco pues recuerda que fueron alrededor de seiscientos litros, fue otro de los ingredientes de este primer milagro. A ti y a mí, aquel trabajo nos impulsa a realizar el esfuerzo que haga falta, a disponer nuestra voluntad y echarla a andar para que la transformación sea posible en cada uno.

Finalmente, la Gracia, la acción divina, el Amor de Dios hecho movimiento creador, que en Caná fue muy sutil, sólo perceptible por sus efectos: Jesús no realizó ninguna oración en voz alta, ni elevó los brazos al Cielo, ni siquiera parece haber tocado las tinajas o el agua… por eso, no esperemos en signos llamativos o ruidosos, pues Dios suele actuar con delicadeza. Acción amorosa, precisa y fina que transformó el agua simple que somos nosotros en magnífico e insuperable vino que, innegablemente, busca embriagarnos de Amor, de hacernos caminar sonrientes, llenarnos de una alegría que impulsa a compartir, a la generosidad total.

«Siempre se sirve primero el buen vino […]. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento»… aquí la invitación, la esperanza y la garantía. Una invitación a una nueva vida, que nos nutre copiosamente de Amor a cada instante y que indudablemente nos guía a ser nuestra mejor versión posible, la versión alegre, amorosa y generosa… Ahora que Jesús se ha presentado, ¿qué decides hacer?


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