martes, 25 de diciembre de 2012

VERBUM CARO FACTUM EST


NAVIDAD 2011

Al principio existía la Palabra, 
y la Palabra estaba con Dios, 
y la Palabra era Dios. Al principio estaba con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra 
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, 
y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, 
y las tinieblas no la percibieron. La Palabra era la luz verdadera 
que, al venir a este mundo, 
ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, 
y el mundo fue hecho por medio de ella, 
y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, 
y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, 
a los que creen en su Nombre, 
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Y la Palabra se hizo carne 
y habitó entre nosotros. 
Y nosotros hemos visto su gloria, 
la gloria que recibe del Padre como Hijo único, 
lleno de gracia y de verdad.
Ioh 1, 1-5, 9-12, 14

Navidad es la fiesta de la locura de Dios, de su loco Amor por el hombre. Es la fiesta en la que, por Amor, siempre por Amor, Dios se acerca al hombre, se acerca tanto que se hace otro hombre. Cuando Dios se hace hombre Verbum caro factum est!, resulta mucho más evidente que Dios nos abrace, que nos llene de besos, como al hijo pródigo, que nos sostenga, que nos dé la mano, que nos sonría.

La Navidad está llena de imágenes que se imprimen en lo más profundo del corazón. Cuando veo el pesebre, en un primer vistazo, veo a un niño, un simple niño… y descubro que así me ama Dios, tal cual soy, sea pequeño o grande, fuerte o débil. Dios me ama en toda mi extensión, me ama incondicionalmente. Ésta es la primera lección del pesebre: el amor incondicional.

Volver a ver el pesebre, con más calma, me permite ver que yace ahí el  niño-Dios… respiro profundo y descubro que así soy yo también, que así me ha querido Dios… descubro que Dios inhabita en mí. Cuánto sentido hacen las palabras de San Pablo cuando dice que somos templos del Espíritu Santo. Cada persona es un hermosísimo templo en el que Dios quiere habitar. Ahora, son dos las lecciones: por un lado, basta con buscar en el propio corazón, la propia alma, el propio ser para encontrar a Dios, no hacen falta los largos viajes a tierras extrañas ni las señales milagrosas, basta con mirar la belleza de la creación de Dios en uno mismo; por otro lado, si Dios habita en mí, ¿cómo quiero tratar a este dulce huésped del alma, dulcis hospes animæ?

Cabe preguntar qué idea rara se le pudo haber metido a Dios en la cabeza para abandonar la comodidad de la inmortalidad y del mundo espiritual y luego adentrarse en un mundo de limitaciones. Simplemente, ya desde su nacimiento, nos muestra que no somos únicamente de este mundo, que somos inmortales, que estamos llamados a una vida superior a ésta y que esta vida es un mero medio para aprender y volver a nuestro hogar definitivo, que es el Amor, la Paz, la Felicidad.

En esta temporada, es decir, durante el Adviento y la Navidad, los predicadores insisten en hacer ver cómo se cumplen en Jesús las promesas que se hicieron a los judíos a través de sus reyes y profetas. Esta vez quiero ir más allá y decir que la locura de Amor que Dios tiene para con la humanidad le hizo cumplir incluso con las promesas que no hizo, con las promesas que otros no cumplieron: la serpiente prometió a Adán y Eva que serían como dioses si comían de los frutos del árbol prohibido; ¡pero fue el mismo Dios el que nos lo cumplió! Dios quiso hacernos saber de forma patente que no necesitábamos comer nada para ser como dioses; a través de Jesús nos hace saber que ya somos como dioses, que la “materia prima” de la cual estamos hechos es Amor, es Divinidad, que está en nosotros, que no nos abandona, que es uno con nosotros.

Contemplar, observar que Dios vive en mí, que jamás me deja solo, que va conmigo, lo mismo camine sobre suaves valles de alegría o me sumerja en oscuros abismos de angustia o miedo, me hace ver la vida de forma distinta, la vida se convierte entonces en una aventura audaz, hace brotar de los más profundo de mi ser la palabras del Salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿de quién tendré miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿ante quién temblaré?”.

Con estas alegrías y luces que he querido compartir contigo, me despido, deseando que nuestros corazones se llenen de la certeza que consuela, de la alegría y la paz que ya nunca se van, que no pueden ser borradas con nada, que se implanta en el ser con las más profundas raíces. ¡Feliz Navidad!

jueves, 6 de diciembre de 2012

ECCE VERE ISRAELITA, IN QUO DOLUS NON EST


FELIPE Y NATANAEL


Al día siguiente, Jesús resolvió partir hacia Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: «Sígueme». Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José». Entonces Natanael le preguntó: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?». «Ven y verás», le dijo Felipe. Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, en quien no hay doblez». «¿De dónde me conoces?», le contestó Natanael. Jesús le respondió: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».

Ioh 1, 43, 45-49


En los días calurosos, muchos se refugian debajo de los árboles de higos para guardarse del calor; pero, esta vez, la gente de Galilea no está preocupada por el calor, pues llegó a la región Jesús, a quien todos tienen gran aprecio y escuchan con enorme atención. Hay algo en ese nazareno, hijo de un carpintero, que atrae a todos, como la miel a las abejas. Algunos dicen que es su mirada; otros, que sus palabras o sus gestos; unos más, que su alegría, su sonrisa y su muy cariñoso trato…

¡Ha llegado la noticia de que se está haciendo de un grupo de amigos muy cercanos a los que ha prometido hacer “pescadores de hombres” (Mt 4; 19)! Entre ellos, está Felipe, un galileo, un hombre común. Bastó que el Maestro le dijera “«Sígueme»” para que Felipe dejara todo por Él.

Se nota que Felipe se desborda de alegría. Se siente impulsado a hablarle a Jesús de aquellos a los que más quiere… por supuesto, le cuenta de Natanael, su amigo más íntimo. Es tal la felicidad que hay en el corazón de Felipe, que ha querido adelantarse hasta encontrar a Natanael y contarle del Maestro. No quiere ni puede esperar a darle la noticia.

A lo lejos, junto a una higuera, exclama Felipe: “«Hemos hallado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José»”. Natanael, en cambio, lo mira incrédulo. Seguro piensa: “«¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret? »”… ¿Cuántas veces también nos hemos dejado llevar por los prejuicios, por las ideas de algunos, por el falso testimonio de otros y nos hemos privado de conocer a Jesús cara a cara, sin intermediarios, como se conocen los verdaderos amigos?

La amistad entre esos dos es mayor que cualquier prejuicio. Por eso, Felipe se sobrepuso a la opinión de Natanael y lo invitó a que viera con sus propios ojos: “«Ven y verás»”. Felipe sabe lo que ha visto y sentido, sabe que nada se le compara, y conoce a Natanael con la profundidad necesaria para tener la certeza de que Jesús tendrá el mismo efecto en él. Felipe es ya otro: ya no se mueve temeroso por una fe ciega; ahora lo impulsa el coraje que da la certeza.

Natanael se abrió a la experiencia por la confianza que tenía en Felipe, su amigo. Al acercarse a Jesús, el Maestro dijo: “«Este es un verdadero israelita, en quien no hay doblez»”. Las palabras de Jesús sorprendieron a todos, particularmente a Natanael: no se habían visto antes, no se conocían. Ante esto, “«¿De dónde me conoces?», le contestó Natanael. Jesús le respondió: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi»”.

Sólo Jesús y Natanael podían saber lo que había pasado debajo de la higuera. Jesús halagó la integridad de Natanael ―quizás había pasado por alguna tentación y había decidido actuar rectamente aunque nadie lo estuviera viendo, quizás había elevado la más dulce de las oraciones, o tal vez su corazón había ardido en deseos de entrega a Dios―. Para el galileo, las palabras de Jesús eran más que un cumplido, más que la manifestación de un poder fuera de lo común… para Natanael, era un encuentro íntimo con quien conocía sus más profundos pensamientos, sus anhelos y deseos, con quien lo amaba incondicionalmente, con quien lo eligió desde antes de la constitución del mundo (Ef 1; 4). El Maestro sabe qué hay dentro del corazón del hombre.

Las palabras de Jesús retumbaron con enorme fuerza en el corazón de Natanael, hasta impulsarle a responder: “«Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel»”. Para Natanael, lo mismo que para Felipe y, sin duda, para ti y para mí, Jesús es Maestro que nos enseña el camino de regreso a la casa de nuestro Padre Dios; es Hijo de Dios porque sabe que Dios habita en Él y vive como “templo del Espíritu Santo” (1Cor 6; 19); y es Rey de Israel porque toda su vida es servicio en beneficio de toda la humanidad, pues el rey nace para servir e Israel es símbolo de la humanidad.

Como estos galileos, hagamos tú y yo: compartamos con nuestros seres queridos lo mejor de nosotros y del Universo, nuestros dones y tesoros. Yo te comparto esto: que Jesús ya te conoce y, más importante aún, te ama tal cual eres; sólo está esperando que tú también quieras conocerlo y amarlo libremente, para que puedas aprender todo lo que viene a enseñar, para ser feliz.

martes, 4 de diciembre de 2012

RABBONI, UT VIDEAM


BARTIMEO, EL CIEGO DE JERICÓ


Llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo ―Bartimeo, un mendigo ciego― estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!». Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama». El ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». Él le respondió: «Maestro, que vea». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.

Mc 10, 46-52


Observa… a la orilla del camino está Bartimeo, un hombre ciego, que pide limosna a las puertas de la antigua ciudad de Jericó, cerca del río Jordán. Imagina a aquel pobre hombre, seguramente vestido en harapos, quizás incluso viejo o enfermo. Al perder la vista, ¿qué oficio podría ejercer para mantenerse? Ciego, se veía obligado a vivir de las limosnas, de las migajas que a otros sobraran.

En un día cualquiera, igual al anterior e igual al día previo a éste, oyó que pasaba Jesús. ¿Acaso habría oído que Jesús estaba cerca si hubiera estado distraído, si hubiera estado quejándose de su condición, si hubiera pensado que ya todo estaba perdido? No, definitivamente no. El corazón de Bartimeo estaba pleno de esperanza, vivía en la certeza de un Dios vivo, cercano a su creación, siempre buscando que le demos una oportunidad para ayudarnos.

Bartimeo sabe que no basta con lamentarse, no es suficiente extender la mano, y por eso grita “«¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!»”. En esta ocasión, como en la gran mayoría, otras voces se alzan también, pero no para hacer eco de la súplica, sino para callarla. Hay siempre a quienes les incomodan las voces que, con su oración, les recuerdan hacia dónde deben caminar, cuál es su camino. El caso de Bartimeo no es la excepción: el ciego resulta incómodo para aquellos que dicen ver, pero que no ven más allá de su propia nariz, para los que no ven las necesidades de los demás, para los que se niegan a ver a Dios en toda la creación, para lo que han abandonado el camino y no hacen por retomarlo… para los que se han hecho voluntariamente ciegos.

Estas voces no lo detienen, no lo atemorizan ni amedrentan. Bartimeo conoce cuán justa y digna es su petición, sabe bien cuál es el impulso de su oración. Por esto, alza la voz una vez más, con más fuerza, hasta llegar a oídos de Jesús… que responde. “Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama»”. Es maravilloso imaginar la insuperable alegría que siente Bartimeo al escuchar que su clamor ha llegado a Jesús. Es tal su alegría que arroja su manto y se pone de pie de un salto. Arroja su manto como signo de entera entrega y disposición a la voz que lo llama, no se aferra ni a eso poco que tiene y que podría considerarse necesario. Se pone de pie de un salto, pues su voluntad tiene como único fin atender la respuesta a sus plegarias y se presenta ante Jesús, aquel hombre de Nazaret que habla como quien tiene autoridad.

Frente a frente, Jesús pregunta a Bartimeo qué quiere que haga por él. En este encuentro en que las almas se hablan sin palabras y se observan libres de corazas y sin la necesidad de la vista, la pregunta de Jesús parece absurda. ¿Acaso no sabía ya lo que quería Bartimeo? Sí, lo sabía; pero quiso preguntárselo para que los presentes lo escucharan y pudieran comprender la sobrenaturalidad y la extensión del milagro que estaba a punto de obrarse…

¡“«Rabboni, ut videam»”! ¡“«Maestro, que vea»”! es la respuesta del ciego de Jericó. Apela a Jesús como maestro, no como médico, ni profeta, sino como maestro. La respuesta de Bartimeo es clara: no pide la vista de los ojos, sino la del corazón. El Maestro enseña al discípulo, le da la luz. Sólo en esta tónica hace sentido que Jesús le indique: “«Vete, tu fe te ha salvado»”. Le señala que debe seguir el camino, el peregrinaje sobre esta tierra, el regreso a la casa del Padre, andar las amplias veredas del espíritu y desandar los angostos barrancos del mundo.

Bartimeo ha pasado a la historia como un ciego de Jericó, pero es vital darse cuenta que recuperó la vista física sólo una vez que su fe le había devuelto la vista espiritual. Sus ojos son un mero reflejo de su alma. El ciego Bartimeo, en medio de la oscuridad, se mantuvo firme en la oración perseverante, confiado en el Amor. Tú y yo, cuando así nos falte la luz, la claridad del camino que hay que tomar, oremos confiados como Bartimeo, sepamos que volverá la luz a nuestros ojos y entonces, como él, seguiremos a Jesús por el camino.

jueves, 14 de junio de 2012

PARTHI ET MEDI ET ELAMITÆ


PRIMERA CARTA



«¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo es, pues, que nosotros les oímos cada uno en nuestra propia lengua materna? Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y la parte de Libia próxima a Cirene, forasteros romanos, así como judíos y prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios».

Act 2, 8-11



[…]

Qué importante es que te des cuenta que hay quienes asisten a Misa y se les ve distraídos o ausentes. Su cuerpo está ahí, pero no lo están ni su pensamiento, ni sus afectos, ni su alma. No temas por ellos, que Dios sabe aprovechar incluso sus distracciones para sembrar en ellos las semillas de la Verdad y de la Bondad, para que germinen a su debido tiempo. Por otro lado, tú, que te das cuenta, no te permitas esas ausencias y distracciones. Conoce bien la Misa para que todo tu ser la disfrute: para que la disfrute tu cuerpo, tu intelecto y tu alma.

El primer paso para vivir plenamente la Misa es hacerla propia: ¡hazla tuya! Recuerda las enseñanzas vipassana: son necesarios la moralidad y el control mental, pero son nada si no vienen acompañados de la sabiduría que se sustenta en la propia experiencia. Para esto, experimenta la Misa en cada una de sus partes. Poco a poco irás observando que esta celebración contiene innumerables estímulos y símbolos de infinito contenido. Para empezar con el pie derecho, quiero proponerte que [llegues] diez minutos antes. Así, [podrás] calmar los ánimos y concentrar[te] en la exigente, pero sobre todo gozosa tarea.

[Has] escuchado que los Apóstoles ―después de haber recibido el Espíritu Santo― empezaron a hablar en muy diversas lenguas y a muy diversos pueblos. Si te gana la curiosidad, verás que partos, medos y elamitas eran antiguas civilizaciones que se localizaron donde actualmente están Irán, Iraq o Afganistán. Personas muy distintas eran aquellas que venían de Judea, Capadocia, Frigia, Egipto o Roma. Sin embargo, sin importar su origen ni sus diferencias, todos escucharon hablar en sus propias lenguas de las grandezas de Dios (Act 2; 8-11).

A ti y a mí nos pasa igual, tú y yo somos como esos partos, medos y elamitas: podemos escuchar las mismas palabras, pero el Espíritu revela a cada uno algo distinto, según la propia historia y las tareas que tengamos por hacer; si bien, en el fondo, son iguales, porque, como escuchamos también, “hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común” (1Cor 12; 4-7). Con esta confianza, abre tu ser a los manjares de este banquete que es la Misa y consérvalos como tesoros para que puedas regresar a ellos cada vez que los necesites.

¡Que sean la alegría y la paz que vienen de lo alto!