martes, 11 de febrero de 2014

HABETE FIDUCIAM, EGO SUM; NOLITE TIMERE!





En seguida, mandó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían el viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: «Tengan confianza, soy yo; no teman». Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». «Ven», le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él.
Mt 14, 22-29

¿Cómo explicar la acción del Espíritu Santo en la vida de cada uno? Es tan bella y sutil que las palabras no bastan para hacer justicia a sus cuidados. Hace falta fe, y ése ha sido el tema de hoy en el grupo carismático de oración en el que participo desde hace un año.

Porque el Espíritu Santo respeta siempre nuestra libertad, hace falta que seamos nosotros quienes elijamos dejarlo actuar. Es necesario un salto de fe, divorciarse de los límites que nos hemos impuesto, y dar paso a lo desconocido. Es necesario hacer como Pedro y dejar la comodidad de la barca.

Comparto contigo cuanto he recibido. No son mis palabras, ni mi mensaje o ideas mías, sino las palabras que el Espíritu ha querido hoy para ti y para mí. ¿Esto que te digo tiene alguna explicación racional? No. Sólo cabe decir que los dones de Dios están ya en cada uno de nosotros… sólo es necesario elegir libremente hacernos instrumentos de tan dulce Maestro.

A la pregunta “Dios, ¿qué quieres decirme hoy?”, Él respondió:

No tengas miedo. ¿Cuándo te ha faltado mi Amor? ¿Acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre? Tu corazón arde ante el Mío. Deja pues que mi Amor te sane. No tengas miedo, pues siempre estás en mi mano. Hasta los cabellos de tu cabeza están contados. Me regocijo en el más pequeño detalle de tu ser. No hay nada que no pase por mi Amor por ti. Ten siempre en mente y corazón a aquellos hermanos tuyos que me buscan y no encuentran la dicha que tú ya tienes. Pídeme siempre por ellos: también los quiero conmigo. La salvación es para todos. Añoro que todos vuelvan a Mí. Soy el Eterno Padre del hijo pródigo. Mi Amor no tiene condiciones. Vengan a Mí, a mis brazos, que quiero amarlos. La salvación está al alcance: basta elevar los ojos, elevar el corazón, tener el deseo de que yo pueda habitar en cada uno de ustedes. Mi Amor es Paz y Alegría. Quiero besar tu corazón y sanar sus heridas, liberarlo de todo miedo y hacerlo arder en Amor por la humanidad. No te juzgues, que yo sólo te amo.



sábado, 30 de marzo de 2013

AVE, GRATIA PLENA!


DE LA FE Y LA ESPERANZA DE MARÍA

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin». María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si no conozco varón?». El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios». María dijo entonces: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».Y el Ángel se alejó.
Lc 1, 26-38

Quizás te extrañe que, justo en estos días en que conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, decida volver la mirada al día del anuncio que hizo el Ángel a santa María. Es como estar a punto de terminar de leer una historia magnífica e intuir que, en el primer capítulo, hay claves que dan mayor sentido a las últimas páginas. Nos conviene volver, releer y tener claridad sobre lo que sucedió aquel día.

«¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». ¿Acaso no había sido la vida de María una vida de alegrías? ¿Acaso no había recibido la mayor gracia que toda mujer del Pueblo de Dios había añorado? ¿No había ella visto el poder de Dios actuar de modo inimaginable en su propio cuerpo? Fue ella la que dio a luz, amó, alimentó, cuidó, vistió, educó al hombre que habían anunciado todos los profetas de Israel. A aquél que había creado el universo entero lo vio envuelto en pañales, dormir en sus brazos, tener hambre y sed, correr y reír, cantar y bailar… hasta que llegó el momento que había anunciado años atrás: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» (Lc 2, 49).

Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin. En aquella dolorosa noche de Pascua, María habría recordado estas palabras… Dios le prometió la Verdad, y le entregó un niño que balbuceaba; la Verdad debía llegar a todos los rincones de la tierra, pero hubo que enseñarle a caminar a aquel niño; devolvería esplendor y gloria a la casa de Jacob, pero muchos lo rechazaron y sólo muy pocos lo recibieron; sería rey como David, pero perdió hasta lo poco que tenía y recibió una cruz por trono; afirmó ser el Camino, la Verdad y la Vida, pero había muerto aquella tarde mientras María lo observaba todo… ¡y su fe permaneció intacta!

Ésa es la historia de María, la de la fe y la esperanza por encima de todas las razones humanas. A Abraham se le pidió entregar a Isaac, su único hijo; pero, creyendo en la promesa del Eterno Padre “Yo multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo” (Gen 26,4)―, lo conservó. A María no se le excusó de perder a su Hijo y sí lo vio morir golpeado, burlado, llagado, rodeado por la ignominia… pero la fe en lo que se le había dicho la hizo permanecer al pie de la Cruz (Ioh 19, 25), con la paz de quien sabe que no necesita comprender, y la esperanza en su Hijo la hizo alma de oración y fuente de fortaleza para los discípulos (Act 1, 14).

Deja tú, como yo, que la Cruz te parezca una locura. Intuyamos que hay algo en este mundo que no estamos entendiendo. Permanezcamos en coloquio con nuestro Padre Dios. Preguntemos el verdadero sentido de la lección final de Jesús. Confiemos, como María, que llegará el tiempo en que habremos dejado atrás las falsas ideas que hoy nos estorban y que finalmente veremos con la claridad de quien espera y persevera hasta el final.


domingo, 10 de marzo de 2013

CONSUMMATA OMNI TENTATIONE, DIABOLUS RECESSIT AB ILLO


SOBRE LAS TENTACIONES EN EL DESIERTO

Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: «Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan». Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: "El hombre no vive solamente de pan"». Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: "Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto"». Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: "El dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden". Y también: "Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra"». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios"». Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.
Lc 4, 1-13

La Cuaresma… del latín, quadragesima, que quiere decir cuarenta días, los cuarenta días antes de la más grande de las fiestas del cristianismo: la Pascua. La Cuaresma es el periodo de preparación para vivir vivir más importante que comprender el sentido del sufrimiento, la muerte y la resurrección de Jesús. Este tiempo jamás nadie lo emprende solo. Cada uno va siempre acompañado del Maestro, quien ya conoce el camino. Él mismo quiso recorrerlo en la soledad del inhóspito desierto: Jesús […] fue conducido por el Espíritu al desierto, […] durante cuarenta días.

En el primer domingo de esta temporada de Cuaresma, la sabiduría de la liturgia nos regala meditar el episodio en el que Jesús enfrenta al demonio que le tienta. Una primera lectura, harto descuidada y superficial, diría que la idea que se transmite en este pasaje es que, durante la Cuaresma, debemos contenernos de cualquier forma de falta de amor esto es el pecado: actuar de cualquier forma que no sea de acuerdo con la ley del Amor y salir triunfantes en el cuadragésimo día.

            Jesús […] fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. El desierto, para empezar, es un lugar solitario y silencioso, propicio para orar, para entrar en contacto con nuestro padre Dios. Esto no significa que sólo en el desierto se pueda hablar con Dios, ni que haya que perderse en un bosque; esto sólo enseña que es conveniente encontrar lugares silenciosos y sin distracciones para poder entregarse plenamente a tan sublime y real diálogo. La Escritura también es clara al indicar que Jesús fue tentado durante los cuarenta días, es decir, que su estancia en el desierto exigió sobre todo trabajo espiritual. Cada uno de esos cuarenta días dijo rotundamente que no al demonio que lo tentaba. Así también, en la realidad cotidiana de cada uno, no faltan las tentaciones, pero eso no debe atemorizarnos, porque comprendemos que es posible vencerlas.

            Las tentaciones que se conservan en el texto sagrado corresponden a las últimas de aquellos cuarenta días, porque hay que ser bien claros que las tentaciones no se acabaron, sino que sólo cesaron por algún tiempo. Cada línea de este pasaje contiene importantes enseñanzas para la vida diaria de cualquier persona comprometida con la Verdad. El primero en el que pienso es el ayuno, que no se trata de ninguna dieta de la antigüedad, sino de una práctica que, cuando se entiende bien, contribuye muchísimo a la vida interior de quien lo realiza. Hay que decir que no se trata simplemente de matarse de hambre. El objetivo del ayuno, como de muchas otras prácticas de meditación y de ascesis, es educar la voluntad. Se trata de aprender a decir que no en una ocasión controlada, para poder decir que no en aquellas ocasiones que no podemos prever. Y para lo mismo que sirve el ayuno sirven también otros actos, cada uno de acuerdo a la vida de cada quien, pero se me ocurren levantarse cuando suena el despertador, llegar a tiempo a todas las citas o reuniones, hacer el trabajo y la tarea completos, asistir al médico cuando corresponda, y un sinnúmero de actos regulares.

            No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. Jesús pudo no comer durante cuarenta días porque había entrenado su cuerpo, su mente y su espíritu durante muchos años. Era el más grande “atleta” espiritual de su tiempo (a mí sentir, lo es por siempre y para siempre). No pretendía, por supuesto, ganar ninguna competencia ni obtener algún premio. Él hacía lo que sabía que era mejor, precisamente porque siempre estaba guiado por el Espíritu. Por favor, nota que uso el verbo “guiar”, que indica que Jesús conservaba su voluntad y libremente decidía seguir la guía que recibía. Además, muy naturalmente, le dio hambre, como a todos los hombres. Algunos tenemos más hambre, otros menos, pero ésa es una sensación común a toda la humanidad y muchos otros seres vivientes.

            «Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan». El demonio decidió tentarle con algo tan natural como el hambre… no, el hambre es sólo el disfraz, porque los demonios mienten, según he aprendido en mi curso de demonología del famoso padre Fortea. El demonio le mintió a Jesús arguyendo que el hambre era justificación para convertir las piedras en pan. La verdadera tentación era hacer aquella conversión, que es lo mismo que usar sólo para su propio beneficio los dones recibidos para beneficio de todos. No estaba mal tener hambre ni comer, pero sí aprovecharse de lo que no era suyo y además no compartir.

Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: "El hombre no vive solamente de pan"». En esta pequeña frase conviene estar más atentos aún y descubrir dos tesoros. Primero, Jesús le respondió tajantemente al demonio, sin dudas, sin conversar con él, sin emprender un diálogo sobre el hambre y la sabiduría de Dios en ese instinto de conservación o alguna otra idea rebuscada. La lección es clara: con el demonio no se conversa. Las entidades demoniacas –otra vez el curso de demonología- son, al igual que los ángeles, inteligencias capaces de ganarnos cualquier juego argumentativo: tienen muchas ideas y saben mezclarlas y desordenarlas hasta hacernos caer en el error sin darnos cuenta y hasta convencernos de él. Por eso, la única respuesta correcta ante cualquier tentación es un rotundo “no” inmediato.

La segunda nota importante es el profundo conocimiento que Jesús tiene de las Escrituras. Las conoce a fondo y hace de ellas su herramienta de combate. Con ella, se defiende y deja al demonio sin argumentos, al punto que ni siquiera le contesta. Las estudió siempre con atención y diligencia (que viene del verbo latino diligere, que significa amar), como podemos deducir de que sorprendiera a los escribas y doctores de la ley es decir, los que se hacían pasar por expertos con tan sólo doce años en el Templo de Jerusalén (Lc 2,41-50). No creas que sólo se trata de conocer las Escrituras para defenderse en la tentación. También sirve para cantar y alabar a Dios, descubrir las promesas hechas a los Profetas que se cumplieron en Jesús, aprender con maravillosas historias de reyes y guerreros, quebrarse la cabeza con las cartas de algunos apóstoles y, sobre todo, comprender para vivir las enseñanzas de la vida del Maestro.

Luego el demonio […] le dijo: «Te daré todo este poder y esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá». Ahí está el demonio mintiendo otra vez, diciendo que puede darle algo que le falta, que le haría lucir mejor, que lo haría poderoso. Nada de esto es verdad. La plenitud o la felicidad, como prefieras llamarle, no puede depender de algo externo. ¿Qué puede darte el demonio, que ha sido expulsado y despojado de todo cuanto es bueno, a ti que eres perfecto pensamiento de la eterna Perfección? ¿Acaso podría Dios pensarnos de modo imperfecto? ¿Qué te falta entonces? Pero Jesús le respondió: «Está escrito: "Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto"». Una vez más, la tajante claridad de la Escritura, que coloca todo en la justa perspectiva y revela el peligro, advierte sobre la posibilidad de crearse falsos dioses en torno al poder, el orgullo, la vanidad, el odio, la pasividad, la corporeidad. Una vez más fue posible decir no ante todo esto. ¡Que no quepa más la duda de nuestra fuerza!

Y le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: "Él dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden". Y también: "Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra"». Pasadas las tentaciones del cuerpo, pasadas las tentaciones de los pensamientos de carencia y separación, el demonio volvió a tentar buscando poner al hombre en enemistad con Dios, dudando de su amistad y buscando comprobarla. Con mayor astucia tentó, pues recurrió a las Escrituras, a los mismos argumentos. Qué fácil habría sido entonces entregarse a la discusión, a la argumentación. Pero la estrategia de Jesús fue exactamente la misma: le respondió: «Está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios"». Sin diálogos, sin angustias ni miedos, con la claridad que da saberse hijo de Dios… y entonces el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno. El demonio vio que no podía y se fue, es impaciente, no persevera, se rinde, se busca los caminos fáciles, por eso no pudo con Jesús. Y así sucede con cada uno: el demonio tienta, se le resiste, vuelve a tentar y se le resiste hasta que se cansa y se va, así que nunca te intranquilicen las tentaciones, sólo mantente firme.

De Jesús y el demonio hay que decir que cada uno hizo su trabajo: el demonio tentó repetidas veces mientras Jesús crecía en amor al Padre para seguir su camino, que es la Voluntad divina. Aquí quiero insistir, para que a los dos nos quede más claro, que el trabajo de Jesús no era negarse a la tentación, sino amar a Dios… cuya consecuencia natural es unirse tan íntimamente que se desea lo mismo y ya nada desvía el camino. Que sea entonces éste nuestro peregrinaje cuaresmal: crecer en amor a Dios a través del encuentro personal que es la oración…




Me has escrito: "orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?"
—¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.


En dos palabras: conocerle y conocerte: "¡tratarse!"
Josemaría Escrivá, Camino, número 91

ET IMPLEVERUNT EAS USQUE AD SUMMUN


EL PRIMERO DE LOS SIGNOS DE JESÚS

Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino». Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía». Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga». Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y, como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento». Éste fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea.
Ioh 2, 1-11

Para conocer a Jesús más profundamente, es necesario que Él mismo se presente… y así lo hizo, en Caná de Galilea, en unas bodas. En una comunidad tan pequeña, no es de extrañarse que todos estuvieran invitados: María, Jesús y sus discípulos, seguramente con sus respectivas familias incluidas, pues todos eran de la región. Incluso, no dejo de pensar en la naturalidad de aquella ocasión, en la que todos compartían el pan, la sal y el vino, en la que Jesús era simplemente otro nazareno, el hijo de José, el carpintero.

Con esa misma naturalidad, el diálogo entre madre e hijo: : «No tienen vino». «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía». Me atrevo a imaginar que, en el momento en que María buscó a Jesús, algunos otros invitados y miembros de la familia, quizás hasta los novios, sabían que el vino que tenían no sería suficiente… y de la mala señal que esto era para la nueva familia. En la antigüedad, la abundancia de comida y vino en las bodas era signo de la abundancia de dones materiales y espirituales que se esperaban para los esposos, era el primero de los signos de la generosidad de Dios para con este amor entre dos.

Y esto era justamente lo que quería compartir María: abundancia, la certeza de que nada falta ni sobra, de que todo es perfecto en manos del Creador y que todo lo que ha venido de sus manos es también perfecto. Por eso, ella va al encuentro con Jesús, no pierde un segundo y pone manos a la obra, se lo pide a quien sabe que puede, que lo puede todo, al Mesías, que es también su hijo. Con la fe íntegra, sin fisura alguna por la que pueda filtrarse la duda, recurre a Jesús. Ella es Virgo fidelis, la Virgen fiel, la mujer de fe, la que siempre ha creído en lo que se le ha dicho de parte de Dios.

El diálogo humano entre madre e hijo es también el diálogo espiritual entre dos grandes almas, ambas ciertas de la abundancia, plenitud y generosidad del Amor en toda criatura, y quieren que se sepa; que los presentes se olviden de cualquier idea de carencia, porque es falsa.

El milagro lo hacen juntos, María y Jesús. El hijo da su lugar a la madre para que ella dé la primera instrucción: «Hagan todo lo que él les diga». Lo dijo a los sirvientes del banquete de aquel día, nos lo dice a ti y a mí ahora. De inmediato, Jesús, obediente en su condición de hijo de María, dice: «Llenen de agua estas tinajas». ¿Qué tinajas? ¡Seis grandes tinajas de cien litros cada una, utilizadas en los ritos de purificación! Por si eso no fuera suficiente, el Evangelio conserva que “et impleverunt eas usque ad summun”, es decir, que ¡“las llenaron hasta el borde”!

Sólo así podría haber ocurrido aquel milagro, el primero. María debía desempeñar su papel de intermediaria, de portadora, por eso la elogiamos diciéndole “Puerta del Cielo”, porque a través de ella nos adentramos en las sublimes verdades que enseña su hijo. Sólo así podría haber ocurrido aquel milagro, llenando las tinajas de barro hechas de tierra como nosotros, llenándolas de agua para purificar el interior, y llenándolas de agua hasta el borde sin dejar un espacio para nada más que no sea la purificación que nos viene del Cielo.

Siguiendo las palabras de Jesús, se llenaron con agua las tinajas de barro para la purificación hasta el borde. Nota que no falta ningún ingrediente. Está el barro, que es el cuerpo físico, pues cuenta el Génesis que de barro fuimos formados (Gn 2,7), y que tiene una función definida, un oficio, un papel que desempeñar en la purificación, no es el objeto de la purificación, sino necesario para ella. Está el agua, que limpia, purifica y vivifica, signo de la necesaria transformación, de que no podemos seguir como hasta ahora, de la urgencia de deshacernos de lo que nos estorba para ser felices y plenos, de que es vital retomar el camino para el que hemos venido.

Hay dos elementos más que quiero que veamos juntos y que suelen pasar desapercibidos. Observa que las tinajas no estaban llenas, sino que hubo que llenarlas. El trabajo de aquellos sirvientes del banquete, que no fue poco pues recuerda que fueron alrededor de seiscientos litros, fue otro de los ingredientes de este primer milagro. A ti y a mí, aquel trabajo nos impulsa a realizar el esfuerzo que haga falta, a disponer nuestra voluntad y echarla a andar para que la transformación sea posible en cada uno.

Finalmente, la Gracia, la acción divina, el Amor de Dios hecho movimiento creador, que en Caná fue muy sutil, sólo perceptible por sus efectos: Jesús no realizó ninguna oración en voz alta, ni elevó los brazos al Cielo, ni siquiera parece haber tocado las tinajas o el agua… por eso, no esperemos en signos llamativos o ruidosos, pues Dios suele actuar con delicadeza. Acción amorosa, precisa y fina que transformó el agua simple que somos nosotros en magnífico e insuperable vino que, innegablemente, busca embriagarnos de Amor, de hacernos caminar sonrientes, llenarnos de una alegría que impulsa a compartir, a la generosidad total.

«Siempre se sirve primero el buen vino […]. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento»… aquí la invitación, la esperanza y la garantía. Una invitación a una nueva vida, que nos nutre copiosamente de Amor a cada instante y que indudablemente nos guía a ser nuestra mejor versión posible, la versión alegre, amorosa y generosa… Ahora que Jesús se ha presentado, ¿qué decides hacer?