sábado, 30 de marzo de 2013

AVE, GRATIA PLENA!


DE LA FE Y LA ESPERANZA DE MARÍA

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin». María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si no conozco varón?». El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios». María dijo entonces: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».Y el Ángel se alejó.
Lc 1, 26-38

Quizás te extrañe que, justo en estos días en que conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, decida volver la mirada al día del anuncio que hizo el Ángel a santa María. Es como estar a punto de terminar de leer una historia magnífica e intuir que, en el primer capítulo, hay claves que dan mayor sentido a las últimas páginas. Nos conviene volver, releer y tener claridad sobre lo que sucedió aquel día.

«¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». ¿Acaso no había sido la vida de María una vida de alegrías? ¿Acaso no había recibido la mayor gracia que toda mujer del Pueblo de Dios había añorado? ¿No había ella visto el poder de Dios actuar de modo inimaginable en su propio cuerpo? Fue ella la que dio a luz, amó, alimentó, cuidó, vistió, educó al hombre que habían anunciado todos los profetas de Israel. A aquél que había creado el universo entero lo vio envuelto en pañales, dormir en sus brazos, tener hambre y sed, correr y reír, cantar y bailar… hasta que llegó el momento que había anunciado años atrás: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» (Lc 2, 49).

Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin. En aquella dolorosa noche de Pascua, María habría recordado estas palabras… Dios le prometió la Verdad, y le entregó un niño que balbuceaba; la Verdad debía llegar a todos los rincones de la tierra, pero hubo que enseñarle a caminar a aquel niño; devolvería esplendor y gloria a la casa de Jacob, pero muchos lo rechazaron y sólo muy pocos lo recibieron; sería rey como David, pero perdió hasta lo poco que tenía y recibió una cruz por trono; afirmó ser el Camino, la Verdad y la Vida, pero había muerto aquella tarde mientras María lo observaba todo… ¡y su fe permaneció intacta!

Ésa es la historia de María, la de la fe y la esperanza por encima de todas las razones humanas. A Abraham se le pidió entregar a Isaac, su único hijo; pero, creyendo en la promesa del Eterno Padre “Yo multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo” (Gen 26,4)―, lo conservó. A María no se le excusó de perder a su Hijo y sí lo vio morir golpeado, burlado, llagado, rodeado por la ignominia… pero la fe en lo que se le había dicho la hizo permanecer al pie de la Cruz (Ioh 19, 25), con la paz de quien sabe que no necesita comprender, y la esperanza en su Hijo la hizo alma de oración y fuente de fortaleza para los discípulos (Act 1, 14).

Deja tú, como yo, que la Cruz te parezca una locura. Intuyamos que hay algo en este mundo que no estamos entendiendo. Permanezcamos en coloquio con nuestro Padre Dios. Preguntemos el verdadero sentido de la lección final de Jesús. Confiemos, como María, que llegará el tiempo en que habremos dejado atrás las falsas ideas que hoy nos estorban y que finalmente veremos con la claridad de quien espera y persevera hasta el final.


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