domingo, 10 de marzo de 2013

CONSUMMATA OMNI TENTATIONE, DIABOLUS RECESSIT AB ILLO


SOBRE LAS TENTACIONES EN EL DESIERTO

Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: «Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan». Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: "El hombre no vive solamente de pan"». Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: "Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto"». Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: "El dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden". Y también: "Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra"». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios"». Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.
Lc 4, 1-13

La Cuaresma… del latín, quadragesima, que quiere decir cuarenta días, los cuarenta días antes de la más grande de las fiestas del cristianismo: la Pascua. La Cuaresma es el periodo de preparación para vivir vivir más importante que comprender el sentido del sufrimiento, la muerte y la resurrección de Jesús. Este tiempo jamás nadie lo emprende solo. Cada uno va siempre acompañado del Maestro, quien ya conoce el camino. Él mismo quiso recorrerlo en la soledad del inhóspito desierto: Jesús […] fue conducido por el Espíritu al desierto, […] durante cuarenta días.

En el primer domingo de esta temporada de Cuaresma, la sabiduría de la liturgia nos regala meditar el episodio en el que Jesús enfrenta al demonio que le tienta. Una primera lectura, harto descuidada y superficial, diría que la idea que se transmite en este pasaje es que, durante la Cuaresma, debemos contenernos de cualquier forma de falta de amor esto es el pecado: actuar de cualquier forma que no sea de acuerdo con la ley del Amor y salir triunfantes en el cuadragésimo día.

            Jesús […] fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. El desierto, para empezar, es un lugar solitario y silencioso, propicio para orar, para entrar en contacto con nuestro padre Dios. Esto no significa que sólo en el desierto se pueda hablar con Dios, ni que haya que perderse en un bosque; esto sólo enseña que es conveniente encontrar lugares silenciosos y sin distracciones para poder entregarse plenamente a tan sublime y real diálogo. La Escritura también es clara al indicar que Jesús fue tentado durante los cuarenta días, es decir, que su estancia en el desierto exigió sobre todo trabajo espiritual. Cada uno de esos cuarenta días dijo rotundamente que no al demonio que lo tentaba. Así también, en la realidad cotidiana de cada uno, no faltan las tentaciones, pero eso no debe atemorizarnos, porque comprendemos que es posible vencerlas.

            Las tentaciones que se conservan en el texto sagrado corresponden a las últimas de aquellos cuarenta días, porque hay que ser bien claros que las tentaciones no se acabaron, sino que sólo cesaron por algún tiempo. Cada línea de este pasaje contiene importantes enseñanzas para la vida diaria de cualquier persona comprometida con la Verdad. El primero en el que pienso es el ayuno, que no se trata de ninguna dieta de la antigüedad, sino de una práctica que, cuando se entiende bien, contribuye muchísimo a la vida interior de quien lo realiza. Hay que decir que no se trata simplemente de matarse de hambre. El objetivo del ayuno, como de muchas otras prácticas de meditación y de ascesis, es educar la voluntad. Se trata de aprender a decir que no en una ocasión controlada, para poder decir que no en aquellas ocasiones que no podemos prever. Y para lo mismo que sirve el ayuno sirven también otros actos, cada uno de acuerdo a la vida de cada quien, pero se me ocurren levantarse cuando suena el despertador, llegar a tiempo a todas las citas o reuniones, hacer el trabajo y la tarea completos, asistir al médico cuando corresponda, y un sinnúmero de actos regulares.

            No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. Jesús pudo no comer durante cuarenta días porque había entrenado su cuerpo, su mente y su espíritu durante muchos años. Era el más grande “atleta” espiritual de su tiempo (a mí sentir, lo es por siempre y para siempre). No pretendía, por supuesto, ganar ninguna competencia ni obtener algún premio. Él hacía lo que sabía que era mejor, precisamente porque siempre estaba guiado por el Espíritu. Por favor, nota que uso el verbo “guiar”, que indica que Jesús conservaba su voluntad y libremente decidía seguir la guía que recibía. Además, muy naturalmente, le dio hambre, como a todos los hombres. Algunos tenemos más hambre, otros menos, pero ésa es una sensación común a toda la humanidad y muchos otros seres vivientes.

            «Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan». El demonio decidió tentarle con algo tan natural como el hambre… no, el hambre es sólo el disfraz, porque los demonios mienten, según he aprendido en mi curso de demonología del famoso padre Fortea. El demonio le mintió a Jesús arguyendo que el hambre era justificación para convertir las piedras en pan. La verdadera tentación era hacer aquella conversión, que es lo mismo que usar sólo para su propio beneficio los dones recibidos para beneficio de todos. No estaba mal tener hambre ni comer, pero sí aprovecharse de lo que no era suyo y además no compartir.

Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: "El hombre no vive solamente de pan"». En esta pequeña frase conviene estar más atentos aún y descubrir dos tesoros. Primero, Jesús le respondió tajantemente al demonio, sin dudas, sin conversar con él, sin emprender un diálogo sobre el hambre y la sabiduría de Dios en ese instinto de conservación o alguna otra idea rebuscada. La lección es clara: con el demonio no se conversa. Las entidades demoniacas –otra vez el curso de demonología- son, al igual que los ángeles, inteligencias capaces de ganarnos cualquier juego argumentativo: tienen muchas ideas y saben mezclarlas y desordenarlas hasta hacernos caer en el error sin darnos cuenta y hasta convencernos de él. Por eso, la única respuesta correcta ante cualquier tentación es un rotundo “no” inmediato.

La segunda nota importante es el profundo conocimiento que Jesús tiene de las Escrituras. Las conoce a fondo y hace de ellas su herramienta de combate. Con ella, se defiende y deja al demonio sin argumentos, al punto que ni siquiera le contesta. Las estudió siempre con atención y diligencia (que viene del verbo latino diligere, que significa amar), como podemos deducir de que sorprendiera a los escribas y doctores de la ley es decir, los que se hacían pasar por expertos con tan sólo doce años en el Templo de Jerusalén (Lc 2,41-50). No creas que sólo se trata de conocer las Escrituras para defenderse en la tentación. También sirve para cantar y alabar a Dios, descubrir las promesas hechas a los Profetas que se cumplieron en Jesús, aprender con maravillosas historias de reyes y guerreros, quebrarse la cabeza con las cartas de algunos apóstoles y, sobre todo, comprender para vivir las enseñanzas de la vida del Maestro.

Luego el demonio […] le dijo: «Te daré todo este poder y esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá». Ahí está el demonio mintiendo otra vez, diciendo que puede darle algo que le falta, que le haría lucir mejor, que lo haría poderoso. Nada de esto es verdad. La plenitud o la felicidad, como prefieras llamarle, no puede depender de algo externo. ¿Qué puede darte el demonio, que ha sido expulsado y despojado de todo cuanto es bueno, a ti que eres perfecto pensamiento de la eterna Perfección? ¿Acaso podría Dios pensarnos de modo imperfecto? ¿Qué te falta entonces? Pero Jesús le respondió: «Está escrito: "Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto"». Una vez más, la tajante claridad de la Escritura, que coloca todo en la justa perspectiva y revela el peligro, advierte sobre la posibilidad de crearse falsos dioses en torno al poder, el orgullo, la vanidad, el odio, la pasividad, la corporeidad. Una vez más fue posible decir no ante todo esto. ¡Que no quepa más la duda de nuestra fuerza!

Y le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: "Él dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden". Y también: "Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra"». Pasadas las tentaciones del cuerpo, pasadas las tentaciones de los pensamientos de carencia y separación, el demonio volvió a tentar buscando poner al hombre en enemistad con Dios, dudando de su amistad y buscando comprobarla. Con mayor astucia tentó, pues recurrió a las Escrituras, a los mismos argumentos. Qué fácil habría sido entonces entregarse a la discusión, a la argumentación. Pero la estrategia de Jesús fue exactamente la misma: le respondió: «Está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios"». Sin diálogos, sin angustias ni miedos, con la claridad que da saberse hijo de Dios… y entonces el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno. El demonio vio que no podía y se fue, es impaciente, no persevera, se rinde, se busca los caminos fáciles, por eso no pudo con Jesús. Y así sucede con cada uno: el demonio tienta, se le resiste, vuelve a tentar y se le resiste hasta que se cansa y se va, así que nunca te intranquilicen las tentaciones, sólo mantente firme.

De Jesús y el demonio hay que decir que cada uno hizo su trabajo: el demonio tentó repetidas veces mientras Jesús crecía en amor al Padre para seguir su camino, que es la Voluntad divina. Aquí quiero insistir, para que a los dos nos quede más claro, que el trabajo de Jesús no era negarse a la tentación, sino amar a Dios… cuya consecuencia natural es unirse tan íntimamente que se desea lo mismo y ya nada desvía el camino. Que sea entonces éste nuestro peregrinaje cuaresmal: crecer en amor a Dios a través del encuentro personal que es la oración…




Me has escrito: "orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?"
—¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.


En dos palabras: conocerle y conocerte: "¡tratarse!"
Josemaría Escrivá, Camino, número 91

2 comentarios:

  1. Que oportuna reflexión, y más para quienes por una u otra razón, hemos desplazado el ir a misa, por involucrarnos en otras actividades. En lo personal, considero que esta reflexión aclara muchos puntos importantes que al escuchar el Evangelio, pasamos de largo. Muchas gracias por compartirlo conmigo. Recibe un fuerte abrazo.

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  2. Creo que el comentario esta muy ad-oc para este tiempo de cuaresma,pero también debemos pensar que esto debe ser siempre,las tentaciones son diarias,las 24 horas del día ,nos podemos esconder de los demás pero de Dios nunca.
    Tenemos que empezar por tener fe en Dios, eso es lo primero, y también el acercarse a platicar y tener mas confianza en los sacerdotes y confesarnos no nada mas en cuaresma. Son ministros de la Eucaristía pero también son humanos con defectos y cualidades entonces no perdamos LA FE.

    LMJJ

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