NAVIDAD 2011
Al principio
existía la Palabra,
y la Palabra estaba con Dios,
y la Palabra era Dios. Al
principio estaba con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la
Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la
vida,
y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas,
y
las tinieblas no la percibieron. La Palabra era la luz verdadera
que, al venir
a este mundo,
ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue
hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció. Vino a los suyos,
y los
suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en
su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Y la Palabra se
hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la
gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.
Ioh 1, 1-5,
9-12, 14
Navidad es la fiesta de la locura de Dios, de
su loco Amor por el hombre. Es la fiesta en la que, por Amor, siempre por Amor,
Dios se acerca al hombre, se acerca tanto que se hace otro hombre. Cuando Dios
se hace hombre ―Verbum caro factum est!―, resulta
mucho más evidente que Dios nos abrace, que nos
llene de besos, como al hijo pródigo, que nos sostenga, que nos dé la mano, que
nos sonría.
La
Navidad está llena de imágenes que se imprimen en lo más profundo del corazón.
Cuando veo el pesebre, en un primer vistazo, veo a un niño, un simple niño… y
descubro que así me ama Dios, tal cual soy, sea pequeño o grande, fuerte o
débil. Dios me ama en toda mi extensión, me ama incondicionalmente. Ésta es la
primera lección del pesebre: el amor incondicional.
Volver
a ver el pesebre, con más calma, me permite ver que yace ahí el niño-Dios… respiro profundo y descubro que así soy yo también, que así me ha
querido Dios… descubro que Dios inhabita en mí. Cuánto sentido hacen las
palabras de San Pablo cuando dice que somos templos del Espíritu Santo. Cada
persona es un hermosísimo templo en el que Dios quiere habitar. Ahora, son dos
las lecciones: por un lado, basta con buscar en el propio corazón, la propia
alma, el propio ser para encontrar a Dios, no hacen falta los largos viajes a
tierras extrañas ni las señales milagrosas, basta con mirar la belleza de la
creación de Dios en uno mismo; por otro lado, si Dios habita en mí, ¿cómo
quiero tratar a este dulce huésped del alma, dulcis hospes animæ?
Cabe
preguntar qué idea rara se le pudo haber metido a Dios en la cabeza para
abandonar la comodidad de la inmortalidad y del mundo espiritual y luego
adentrarse en un mundo de limitaciones. Simplemente, ya desde su nacimiento,
nos muestra que no somos únicamente de este mundo, que somos inmortales, que
estamos llamados a una vida superior a ésta y que esta vida es un mero medio
para aprender y volver a nuestro hogar definitivo, que es el Amor, la Paz, la
Felicidad.
En
esta temporada, es decir, durante el Adviento y la Navidad, los predicadores
insisten en hacer ver cómo se cumplen en Jesús las promesas que se hicieron a
los judíos a través de sus reyes y profetas. Esta vez quiero ir más allá y
decir que la locura de Amor que Dios tiene para con la humanidad le hizo
cumplir incluso con las promesas que no hizo, con las promesas que otros no
cumplieron: la serpiente prometió a Adán y Eva que serían como dioses si comían
de los frutos del árbol prohibido; ¡pero fue el mismo Dios el que nos lo
cumplió! Dios quiso hacernos saber de forma patente que no necesitábamos comer
nada para ser como dioses; a través de Jesús nos hace saber que ya somos como
dioses, que la “materia prima” de la cual estamos hechos es Amor, es Divinidad,
que está en nosotros, que no nos abandona, que es uno con nosotros.
Contemplar,
observar que Dios vive en mí, que jamás me deja solo, que va conmigo, lo mismo
camine sobre suaves valles de alegría o me sumerja en oscuros abismos de
angustia o miedo, me hace ver la vida de forma distinta, la vida se convierte
entonces en una aventura audaz, hace brotar de los más profundo de mi ser la palabras
del Salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿de quién tendré miedo? El
Señor es la defensa de mi vida, ¿ante quién temblaré?”.
Con
estas alegrías y luces que he querido compartir contigo, me despido, deseando
que nuestros corazones se llenen de la certeza que consuela, de la alegría y la
paz que ya nunca se van, que no pueden ser borradas con nada, que se implanta
en el ser con las más profundas raíces. ¡Feliz Navidad!