PRIMERA CARTA
«¿Es que no son galileos todos estos que
están hablando? ¿Cómo es, pues, que nosotros les oímos cada uno en nuestra
propia lengua materna? Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de
Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y la parte
de Libia próxima a Cirene, forasteros romanos, así como judíos y prosélitos,
cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas
de Dios».
Act 2, 8-11
[…]
Qué
importante es que te des cuenta que hay quienes asisten a Misa y se les ve
distraídos o ausentes. Su cuerpo está ahí, pero no lo están ni su pensamiento,
ni sus afectos, ni su alma. No temas por ellos, que Dios sabe aprovechar
incluso sus distracciones para sembrar en ellos las semillas de la Verdad y de
la Bondad, para que germinen a su debido tiempo. Por otro lado, tú, que te das
cuenta, no te permitas esas ausencias y distracciones. Conoce bien la Misa para
que todo tu ser la disfrute: para que la disfrute tu cuerpo, tu intelecto y tu
alma.
El primer
paso para vivir plenamente la Misa es hacerla propia: ¡hazla tuya! Recuerda las
enseñanzas vipassana: son necesarios
la moralidad y el control mental, pero son nada si no vienen acompañados de la
sabiduría que se sustenta en la propia experiencia. Para esto, experimenta la
Misa en cada una de sus partes. Poco a poco irás observando que esta
celebración contiene innumerables estímulos y símbolos de infinito contenido.
Para empezar con el pie derecho, quiero proponerte que [llegues] diez minutos
antes. Así, [podrás] calmar los ánimos y concentrar[te] en la exigente, pero
sobre todo gozosa tarea.
[Has]
escuchado que los Apóstoles ―después de haber recibido el Espíritu Santo― empezaron
a hablar en muy diversas lenguas y a muy diversos pueblos. Si te gana la
curiosidad, verás que partos, medos y elamitas eran antiguas civilizaciones que
se localizaron donde actualmente están Irán, Iraq o Afganistán. Personas muy
distintas eran aquellas que venían de Judea, Capadocia, Frigia, Egipto o Roma.
Sin embargo, sin importar su origen ni sus diferencias, todos escucharon hablar
en sus propias lenguas de las grandezas de Dios (Act 2; 8-11).
A ti y a mí
nos pasa igual, tú y yo somos como esos partos, medos y elamitas: podemos
escuchar las mismas palabras, pero el Espíritu revela a cada uno algo distinto,
según la propia historia y las tareas que tengamos por hacer; si bien, en el
fondo, son iguales, porque, como escuchamos también, “hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay
diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades,
pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se
manifiesta para el bien común” (1Cor 12; 4-7). Con esta confianza, abre tu
ser a los manjares de este banquete que es la Misa y consérvalos como tesoros
para que puedas regresar a ellos cada vez que los necesites.
¡Que sean la
alegría y la paz que vienen de lo alto!