martes, 4 de diciembre de 2012

RABBONI, UT VIDEAM


BARTIMEO, EL CIEGO DE JERICÓ


Llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo ―Bartimeo, un mendigo ciego― estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!». Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama». El ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». Él le respondió: «Maestro, que vea». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.

Mc 10, 46-52


Observa… a la orilla del camino está Bartimeo, un hombre ciego, que pide limosna a las puertas de la antigua ciudad de Jericó, cerca del río Jordán. Imagina a aquel pobre hombre, seguramente vestido en harapos, quizás incluso viejo o enfermo. Al perder la vista, ¿qué oficio podría ejercer para mantenerse? Ciego, se veía obligado a vivir de las limosnas, de las migajas que a otros sobraran.

En un día cualquiera, igual al anterior e igual al día previo a éste, oyó que pasaba Jesús. ¿Acaso habría oído que Jesús estaba cerca si hubiera estado distraído, si hubiera estado quejándose de su condición, si hubiera pensado que ya todo estaba perdido? No, definitivamente no. El corazón de Bartimeo estaba pleno de esperanza, vivía en la certeza de un Dios vivo, cercano a su creación, siempre buscando que le demos una oportunidad para ayudarnos.

Bartimeo sabe que no basta con lamentarse, no es suficiente extender la mano, y por eso grita “«¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!»”. En esta ocasión, como en la gran mayoría, otras voces se alzan también, pero no para hacer eco de la súplica, sino para callarla. Hay siempre a quienes les incomodan las voces que, con su oración, les recuerdan hacia dónde deben caminar, cuál es su camino. El caso de Bartimeo no es la excepción: el ciego resulta incómodo para aquellos que dicen ver, pero que no ven más allá de su propia nariz, para los que no ven las necesidades de los demás, para los que se niegan a ver a Dios en toda la creación, para lo que han abandonado el camino y no hacen por retomarlo… para los que se han hecho voluntariamente ciegos.

Estas voces no lo detienen, no lo atemorizan ni amedrentan. Bartimeo conoce cuán justa y digna es su petición, sabe bien cuál es el impulso de su oración. Por esto, alza la voz una vez más, con más fuerza, hasta llegar a oídos de Jesús… que responde. “Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama»”. Es maravilloso imaginar la insuperable alegría que siente Bartimeo al escuchar que su clamor ha llegado a Jesús. Es tal su alegría que arroja su manto y se pone de pie de un salto. Arroja su manto como signo de entera entrega y disposición a la voz que lo llama, no se aferra ni a eso poco que tiene y que podría considerarse necesario. Se pone de pie de un salto, pues su voluntad tiene como único fin atender la respuesta a sus plegarias y se presenta ante Jesús, aquel hombre de Nazaret que habla como quien tiene autoridad.

Frente a frente, Jesús pregunta a Bartimeo qué quiere que haga por él. En este encuentro en que las almas se hablan sin palabras y se observan libres de corazas y sin la necesidad de la vista, la pregunta de Jesús parece absurda. ¿Acaso no sabía ya lo que quería Bartimeo? Sí, lo sabía; pero quiso preguntárselo para que los presentes lo escucharan y pudieran comprender la sobrenaturalidad y la extensión del milagro que estaba a punto de obrarse…

¡“«Rabboni, ut videam»”! ¡“«Maestro, que vea»”! es la respuesta del ciego de Jericó. Apela a Jesús como maestro, no como médico, ni profeta, sino como maestro. La respuesta de Bartimeo es clara: no pide la vista de los ojos, sino la del corazón. El Maestro enseña al discípulo, le da la luz. Sólo en esta tónica hace sentido que Jesús le indique: “«Vete, tu fe te ha salvado»”. Le señala que debe seguir el camino, el peregrinaje sobre esta tierra, el regreso a la casa del Padre, andar las amplias veredas del espíritu y desandar los angostos barrancos del mundo.

Bartimeo ha pasado a la historia como un ciego de Jericó, pero es vital darse cuenta que recuperó la vista física sólo una vez que su fe le había devuelto la vista espiritual. Sus ojos son un mero reflejo de su alma. El ciego Bartimeo, en medio de la oscuridad, se mantuvo firme en la oración perseverante, confiado en el Amor. Tú y yo, cuando así nos falte la luz, la claridad del camino que hay que tomar, oremos confiados como Bartimeo, sepamos que volverá la luz a nuestros ojos y entonces, como él, seguiremos a Jesús por el camino.

1 comentario:

  1. Que consciente explicación, la cual me da la posibilidad de no quedarme con dudas, y de reafirmar lo que Sé y lo que mis maestros tan generosamente me han enseñado, en verdad gracias por ese rayo de luz que ilumina seguramente muchas vidas y ayuda a Ver, eres un gran Ser humano y sobretodo un gran SERVIDOR. Mil bendiciones para ti
    Ana Lety

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