FELIPE Y NATANAEL
Al día siguiente, Jesús resolvió partir hacia
Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: «Sígueme». Felipe encontró a Natanael y
le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los
Profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José». Entonces Natanael le preguntó:
«¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?». «Ven y verás», le dijo Felipe. Al
ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, en quien no
hay doblez». «¿De dónde me conoces?», le contestó Natanael. Jesús le respondió:
«Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de
Israel».
Ioh 1, 43,
45-49
En los días calurosos, muchos se
refugian debajo de los árboles de higos para guardarse del calor; pero, esta
vez, la gente de Galilea no está preocupada por el calor, pues llegó a la
región Jesús, a quien todos tienen gran aprecio y escuchan con enorme atención.
Hay algo en ese nazareno, hijo de un carpintero, que atrae a todos, como la
miel a las abejas. Algunos dicen que es su mirada; otros, que sus palabras o
sus gestos; unos más, que su alegría, su sonrisa y su muy cariñoso trato…
¡Ha llegado
la noticia de que se está haciendo de un grupo de amigos muy cercanos a los que
ha prometido hacer “pescadores de
hombres” (Mt 4; 19)! Entre ellos, está Felipe, un galileo, un hombre común.
Bastó que el Maestro le dijera “«Sígueme»”
para que Felipe dejara todo por Él.
Se nota que
Felipe se desborda de alegría. Se siente impulsado a hablarle a Jesús de
aquellos a los que más quiere… por supuesto, le cuenta de Natanael, su amigo más
íntimo. Es tal la felicidad que hay en el corazón de Felipe, que ha querido
adelantarse hasta encontrar a Natanael y contarle del Maestro. No quiere ni
puede esperar a darle la noticia.
A lo lejos, junto
a una higuera, exclama Felipe: “«Hemos
hallado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas. Es Jesús
de Nazaret, el hijo de José»”. Natanael, en cambio, lo mira incrédulo.
Seguro piensa: “«¿Acaso puede salir algo
bueno de Nazaret? »”… ¿Cuántas veces también nos hemos dejado llevar por
los prejuicios, por las ideas de algunos, por el falso testimonio de otros y
nos hemos privado de conocer a Jesús cara a cara, sin intermediarios, como se
conocen los verdaderos amigos?
La amistad
entre esos dos es mayor que cualquier prejuicio. Por eso, Felipe se sobrepuso a
la opinión de Natanael y lo invitó a que viera con sus propios ojos: “«Ven y verás»”. Felipe sabe lo que ha
visto y sentido, sabe que nada se le compara, y conoce a Natanael con la
profundidad necesaria para tener la certeza de que Jesús tendrá el mismo efecto
en él. Felipe es ya otro: ya no se mueve temeroso por una fe ciega; ahora lo
impulsa el coraje que da la certeza.
Natanael se
abrió a la experiencia por la confianza que tenía en Felipe, su amigo. Al
acercarse a Jesús, el Maestro dijo: “«Este
es un verdadero israelita, en quien no hay doblez»”. Las palabras de Jesús
sorprendieron a todos, particularmente a Natanael: no se habían visto antes, no
se conocían. Ante esto, “«¿De dónde me
conoces?», le contestó Natanael. Jesús le respondió: «Antes de que Felipe te
llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi»”.
Sólo Jesús y
Natanael podían saber lo que había pasado debajo de la higuera. Jesús halagó la
integridad de Natanael ―quizás había pasado por alguna tentación y había
decidido actuar rectamente aunque nadie lo estuviera viendo, quizás había
elevado la más dulce de las oraciones, o tal vez su corazón había ardido en
deseos de entrega a Dios―. Para el galileo, las palabras de Jesús eran más que
un cumplido, más que la manifestación de un poder fuera de lo común… para
Natanael, era un encuentro íntimo con quien conocía sus más profundos
pensamientos, sus anhelos y deseos, con quien lo amaba incondicionalmente, con
quien lo eligió desde antes de la constitución del mundo (Ef 1; 4). El Maestro
sabe qué hay dentro del corazón del hombre.
Las palabras
de Jesús retumbaron con enorme fuerza en el corazón de Natanael, hasta
impulsarle a responder: “«Maestro, tú
eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel»”. Para Natanael, lo mismo
que para Felipe y, sin duda, para ti y para mí, Jesús es Maestro que nos enseña
el camino de regreso a la casa de nuestro Padre Dios; es Hijo de Dios porque
sabe que Dios habita en Él y vive como “templo del Espíritu Santo” (1Cor 6;
19); y es Rey de Israel porque toda su vida es servicio en beneficio de toda la
humanidad, pues el rey nace para servir e Israel es símbolo de la humanidad.
Como estos
galileos, hagamos tú y yo: compartamos con nuestros seres queridos lo mejor de
nosotros y del Universo, nuestros dones y tesoros. Yo te comparto esto: que
Jesús ya te conoce y, más importante aún, te ama tal cual eres; sólo está
esperando que tú también quieras conocerlo y amarlo libremente, para que puedas
aprender todo lo que viene a enseñar, para ser feliz.
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