jueves, 6 de diciembre de 2012

ECCE VERE ISRAELITA, IN QUO DOLUS NON EST


FELIPE Y NATANAEL


Al día siguiente, Jesús resolvió partir hacia Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: «Sígueme». Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José». Entonces Natanael le preguntó: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?». «Ven y verás», le dijo Felipe. Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, en quien no hay doblez». «¿De dónde me conoces?», le contestó Natanael. Jesús le respondió: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».

Ioh 1, 43, 45-49


En los días calurosos, muchos se refugian debajo de los árboles de higos para guardarse del calor; pero, esta vez, la gente de Galilea no está preocupada por el calor, pues llegó a la región Jesús, a quien todos tienen gran aprecio y escuchan con enorme atención. Hay algo en ese nazareno, hijo de un carpintero, que atrae a todos, como la miel a las abejas. Algunos dicen que es su mirada; otros, que sus palabras o sus gestos; unos más, que su alegría, su sonrisa y su muy cariñoso trato…

¡Ha llegado la noticia de que se está haciendo de un grupo de amigos muy cercanos a los que ha prometido hacer “pescadores de hombres” (Mt 4; 19)! Entre ellos, está Felipe, un galileo, un hombre común. Bastó que el Maestro le dijera “«Sígueme»” para que Felipe dejara todo por Él.

Se nota que Felipe se desborda de alegría. Se siente impulsado a hablarle a Jesús de aquellos a los que más quiere… por supuesto, le cuenta de Natanael, su amigo más íntimo. Es tal la felicidad que hay en el corazón de Felipe, que ha querido adelantarse hasta encontrar a Natanael y contarle del Maestro. No quiere ni puede esperar a darle la noticia.

A lo lejos, junto a una higuera, exclama Felipe: “«Hemos hallado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José»”. Natanael, en cambio, lo mira incrédulo. Seguro piensa: “«¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret? »”… ¿Cuántas veces también nos hemos dejado llevar por los prejuicios, por las ideas de algunos, por el falso testimonio de otros y nos hemos privado de conocer a Jesús cara a cara, sin intermediarios, como se conocen los verdaderos amigos?

La amistad entre esos dos es mayor que cualquier prejuicio. Por eso, Felipe se sobrepuso a la opinión de Natanael y lo invitó a que viera con sus propios ojos: “«Ven y verás»”. Felipe sabe lo que ha visto y sentido, sabe que nada se le compara, y conoce a Natanael con la profundidad necesaria para tener la certeza de que Jesús tendrá el mismo efecto en él. Felipe es ya otro: ya no se mueve temeroso por una fe ciega; ahora lo impulsa el coraje que da la certeza.

Natanael se abrió a la experiencia por la confianza que tenía en Felipe, su amigo. Al acercarse a Jesús, el Maestro dijo: “«Este es un verdadero israelita, en quien no hay doblez»”. Las palabras de Jesús sorprendieron a todos, particularmente a Natanael: no se habían visto antes, no se conocían. Ante esto, “«¿De dónde me conoces?», le contestó Natanael. Jesús le respondió: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi»”.

Sólo Jesús y Natanael podían saber lo que había pasado debajo de la higuera. Jesús halagó la integridad de Natanael ―quizás había pasado por alguna tentación y había decidido actuar rectamente aunque nadie lo estuviera viendo, quizás había elevado la más dulce de las oraciones, o tal vez su corazón había ardido en deseos de entrega a Dios―. Para el galileo, las palabras de Jesús eran más que un cumplido, más que la manifestación de un poder fuera de lo común… para Natanael, era un encuentro íntimo con quien conocía sus más profundos pensamientos, sus anhelos y deseos, con quien lo amaba incondicionalmente, con quien lo eligió desde antes de la constitución del mundo (Ef 1; 4). El Maestro sabe qué hay dentro del corazón del hombre.

Las palabras de Jesús retumbaron con enorme fuerza en el corazón de Natanael, hasta impulsarle a responder: “«Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel»”. Para Natanael, lo mismo que para Felipe y, sin duda, para ti y para mí, Jesús es Maestro que nos enseña el camino de regreso a la casa de nuestro Padre Dios; es Hijo de Dios porque sabe que Dios habita en Él y vive como “templo del Espíritu Santo” (1Cor 6; 19); y es Rey de Israel porque toda su vida es servicio en beneficio de toda la humanidad, pues el rey nace para servir e Israel es símbolo de la humanidad.

Como estos galileos, hagamos tú y yo: compartamos con nuestros seres queridos lo mejor de nosotros y del Universo, nuestros dones y tesoros. Yo te comparto esto: que Jesús ya te conoce y, más importante aún, te ama tal cual eres; sólo está esperando que tú también quieras conocerlo y amarlo libremente, para que puedas aprender todo lo que viene a enseñar, para ser feliz.

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